viernes, 12 de agosto de 2011

El país está nervioso. (*)


240 billones de dólares –trillones, en la nomenclatura norteamericana- flotan y juegan, día a día, en los mercados de valores de todo el mundo.

Se representan por acciones de empresas, obligaciones de diversa clase, títulos públicos de todos los gobiernos, derivadas, fondos de inversión, transacciones en divisas y papeles de la más diversa clase conformando las más sofisticadas estructuraciones financieras.


Observa su gobierno. Y se pone más nervioso.
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60 billones de dólares (la cuarta parte de lo anterior) es, aproximadamente, el producto bruto global. Conforman los bienes y servicios producidos en un año por toda la economía mundial.

No es aventurado afirmar que el aporte del sector público de todos los estados del planeta a ese PBI alcanza aproximadamente al 25 %, vale decir, alrededor de 15 billones de dólares anuales.

Ese monto aportado por el sector público incluye salarios, jubilaciones, pensiones, retiros, gastos sociales e inversiones públicas. Significa que su capacidad de maniobra, su “libre disponibilidad” –si se permite el término- es un pequeño porcentaje, ya que es impensable que el sector público de todos los países renuncie a pagar sueldos, a sostener sus sistemas educativos, a paralizar sus hospitales, a licenciar sus policías, desmantelar sus sistemas judiciales o paralizar sus Ejércitos.

Proponer que una tormenta desatada en el gigantesco sector financiero, global y desregulado, sea neutralizada por la acción económica del sector público –que a su vez, no tiene mecanismos de coordinación, ni objetivos compartidos, ni alineamiento automático- termina forzando a los Estados a ajustes enormes en sus gastos destinados a las familias en la ingenua ilusión de que de esta forma ayudará a nivelar los desequilibrios de la economía financiera, trasladada por vasos comunicantes globales a cada lugar del planeta. El propio Nuriel Roubini acaba de declarar que descree de la capacidad de los Estados de evitar una recesión severa.

De las finanzas descontroladas, a las finanzas públicas. De las finanzas públicas, a las crisis sociales. Eso está asomando en todos lados.

En tiempos de Bush padre, los publicitarios de Clinton elaboraron un creativo slogan que adquirió notoriedad por la efectividad en revertir una fuerte popularidad del entonces presidente triunfante en una guerra -80% de opinión favorable- llevándolo en pocos meses a perder las elecciones presidenciales. El eslogan decía, simplemente, “Es la economía, estúpido”, sintetizando en cuatro palabras tanto la realidad económica que afectaba al país, como a la percepción de las pequeñas realidades económicas de los ciudadanos que votarían.

Hoy sería bueno tomar nota que el problema del mundo, aún de raíz económica, es sustancialmente político: la inexistencia de instituciones globales y de un poder global que contenga, limite, discipline y oriente los flujos financieros. En otras palabras: la economía y las finanzas se globalizaron, pero la política quedó encerrada en los marcos nacionales. La solución de fondo sólo llegará con la construcción de una política global, lo que por el momento parece utópico. En consecuencia, la crisis quedará fuera de control, con efectos parecidos a una catástrofe geológica o natural.

Es imposible frenar la crisis con acciones aisladas de los gobiernos porque los capitales tienen más rapidez que cualquier medida de cualquier sector público nacional para burlar su cerco y perseguir su realización en otro lado. Pero la alternativa del aislamiento es inviable, por el entrelazado de las cadenas de producción de bienes y servicios, y por la globalización del mercado de consumo que, de interrumpirse, dejaría sin demanda y por lo tanto llevaría al quebranto a las líneas de producción, en todos lados. Incluyendo a los productores de soja…

¿Y por casa?

El gomierdo infla la economía y se devora al país.

Con la economía globalizada, el aislamiento es imposible. No hay economía que pueda escaparse del planeta Tierra. No es posible evadirse de la crisis. En nuestro propio país y en nuestra propia medida, tres verdades implacables sostienen esta afirmación.

La primera, la dependencia de todo el sistema económico de su capacidad de venta de productos primarios al mercado mundial, especialmente de la “reina soja”. Si se cae la demanda global y China deja de comprarnos soja, se acabó el “viento de cola” y con él los subsidios a los transportes, a la electricidad, al gas, a los combustibles y a los empresarios amigos.

La segunda, el endeudamiento público, que a diciembre del 2010 alcanzaba ya a 173.000 millones de dólares, mayor al que teníamos en el 2001 -145.000 millones-, a pesar del canje con el que dejamos de pagar más de 60.000 millones, en el 2005, y del mendaz discurso del “desendeudamiento”.

La tercera, nuestra propia burbuja, el circulante sin respaldo. Cuentas confiables realizadas por economistas de primer nivel nos muestran que las reservas en divisas “contantes y sonantes” del Banco Central apenas alcanzan al 20 % de las publicadas, ya que éstas incluyen títulos públicos sin valor y de imposible recuperación. Las que había las retiró el gobierno para pagar deudas y gasto público.

Diez mil millones de dólares de reservas frente a Trescientos mil millones de pesos circulando es una peligrosa ecuación, asentada en un equilibrio altamente inestable. El Banco Central no tiene forma de sostener una corrida si, ante el derrumbe general, las personas deciden huir de sus tenencias en pesos y de comprar divisas para preservar sus ingresos y ahorros. El punto de equilibrio se alcanzaría, en este escenario, con un dólar…. ¡a treinta pesos!

Por supuesto que esta situación no se dará, entre otras cosas porque mientras el mundo no implosione, las exportaciones de soja siguen aportando tal cantidad de dólares que hasta podría darse el fenómeno inverso, de una valorización de la moneda nacional, como ocurre en Brasil, Uruguay y otros países en desarrollo.

Es que el equilibrio inestable nacional refleja también la inestabilidad global. En consecuencia, las noticias de las bolsas derrumbándose en Shanghai, Tokio, Frankfurt, Paris, Londres, Roma, Madrid y Nueva York no son buenas noticias, sino pésimas, porque de no frenarse su efecto recesivo influirá inexorablemente en el país.

En realidad, finalizará el engañoso “vivir con lo nuestro” –que hasta ahora ha sido más bien “vivir con lo de ellos”, los del campo, cuya producción les es confiscada para financiar la ilusión populista…-. Habrá que prepararse para vivir sin los fondos de la soja, ni de los ahorros previsionales, ni de las reservas. Y no pareciera que la gestión K esté preparando al país efectivamente ello.

La actitud oficial es aventurada. Fogonear el consumo, inflar la burbuja, endeudar el Estado, liquidar las reservas, es quedarse sin “resto” ni siquiera para atenuar el tsunami cuando llegue.

Los argentinos de a pie, que no son tontos y no se creen los discursos impostados que le aconsejan comprar acciones argentinas y ahorrar en pesos –especialmente si quien da el consejo ahorra con plazos fijos en dólares en el exterior-, están defendiendo su ingreso de las únicas formas que están a su alcance: adelantando sus gastos, comprando en cuotas todo lo que puedan aunque no lo necesiten, y guardando en divisas, cuando pueden, los pocos pesos que les quedan para ahorrar.

Son más previsores que sus conducciones políticas, porque saben que al final su futuro no dependerá de los consejos del poder, sino de su propia capacidad de sobrevivencia.

Un país que ha aprendido a sobrevivir no por sus gobiernos, sino a pesar de ellos, se está preparando para la eventualidad de una nueva y gigantesca turbulencia.
Observa su gobierno. Y se pone más nervioso.


(*) Por Ricardo Laferriere


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